ROMA de Alfonso Cuarón

La última película de Alfonso Cuarón toma su nombre del barrio de la capital mexicana en el que se desarrolla la acción. Su protagonista es una familia de clase acomodada que vive en una gran casa, trasunto de la familia del director, en la que cuentan con dos criadas y un chofer para atender el servicio. La trama se centra en los avatares que en los últimos años 60 y primeros 70 vive esta familia y en particular una de las criadas, Cleo, interpretada magníficamente por Yalitza Aparicio. 

   Hay que decir que uno de los méritos de la obra es mantener las diferentes lenguas con las que hablan los personajes. Así, mientras la familia utiliza el castellano, los criados utilizan la lengua indígena convenientemente subtitulada para que podamos seguir la acción. El argumento es bastante leve aparentemente, poniendo más atención en las diferentes atmósferas y escenarios que visitamos y el guión, también del propio Cuarón, pone el énfasis en que veamos por nosotros mismos más que en “explicarnos” lo que pasa. 

   La realización utiliza el plano secuencia con una sabiduría como hace años no veíamos y permite al espectador disfrutar con calma y tranquilidad, de la multitud de pequeños detalles que se desarrollan ante nuestros ojos. Apoyada en una excelente fotografía en blanco y negro del mismo director, que sin embargo se sitúa en un segundo plano permitiendo que los acontecimientos pasen ante nosotros como si verdaderamente estuviéramos allí mismo. 

   Del extraordinario conjunto que es toda la película, me gustaría destacar en particular la magnífica secuencia de las manifestaciones callejeras que termina en unos grandes almacenes con un primer plano, que explica más sobre la situación social y política que vivía México aquellos años que muchas docenas de discursos. 

   Las interpretaciones son muy convincentes y naturales pero si hay que destacar a alguien, ésa es la criada indígena Cleo, elegida por casualidad y candidata merecidamente al Óscar a la mejor actriz protagonista, que con una gran expresividad corporal aporta veracidad a todo el relato. 

   Filmada con gran sabiduría cinematográfica y retratando con acierto una época social y familiar concreta, se deja ver sin notar apenas las más de dos horas de duración. Háganse un favor y vayan a ver esta joya cinematográfica, llena de sabiduría fílmica y vital. Sólo deseamos que su nominación para el Oscar a la mejor película y mejor director, alcance el reconocimiento y obtenga el máximo galardón, se lo merece. (9,5/10)

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